COLOMBIA Y EL 9 DE ABRIL

Conmemorar el 9 de abril debe significar, para todos y todas, una oportunidad para comprender nuestra experiencia como sociedad frente a la violencia estructural y el conflicto político, económico, social y armado que se vive en nuestro país hace más de 6 décadas.GAITANPAZ1

Aunque la violencia política y/o armada tiene referentes anteriores en nuestro país (la Masacre de las Bananeras de 1929, por ejemplo), el 9 de abril ha dejado huella en nuestra memoria histórica colectiva en la medida en la que marca un punto de quiebre, entre (a) la forma en la que, hasta entonces, se había desarrollado la disputa por el poder político y las demandas sociales en Colombia, y (b) el posterior inicio de un ciclo de violencia, de asesinatos y persecuciones en masa, de exclusión política (…); La Violencia no acabó con el Frente Nacional, sino que se perpetuo en nuestra sociedad a través de la cultura política, de acallamiento, exclusión y represión social. Las consecuencias del 9 de abril no han acabado aun hoy. 66 años después, la violencia política, económica, social y cultural persiste: Actualmente Colombia tiene una de las más alarmantes cifras de desplazamiento interno (4.9 millones de personas, según a ACNUR), y desapariciones forzadas (74.631 mil según cifras de la ONU); más de 3.500 ejecuciones extrajudiciales por parte del Ejercito Colombiano (ONU); fruto de un sistema de inequidad en el que apenas el 13% de los propietarios poseen más del 73% del territorio colombiano (DANE), y el 49.1% de los ingresos caen en manos de apenas el 10% de la población (ONU); Colombia tiene el deshonroso 3 lugar en la lista de los país más inequitativo del mundo (PNUD).
Nuestra deuda con las millones de víctimas que tiene el conflicto colombiano, que recordamos el 9 de abril, es fundamentalmente la deuda que tenemos con el conjunto de los colombianos y las colombianas, por construir una Colombia que permita vivir dignamente garantizando todos los derechos sociales; y una apertura democrática con garantías de participación política para que seamos nosotras y nosotros mismos quienes nos empoderemos del rumbo de nuestra sociedad.
Es por este motivo que generar escenarios para la conmemoración del 9 de abril, no puede pasar por un acto de “celebración”, que omita la necesidad de posibilitar contenidos de memoria y reflexión; Una conmemoración debe resaltar el reconocimiento de lo que fue como parte de nuestra historia, y de su vigencia en nuestra vida actual; más importante aún, debe permitir que nos entendamos nosotras y nosotros mismos como actores potencialmente transformadores de nuestra realidad.
Las consignas no podrían ser otras que las demandas históricas de la población colombiana, victima en su conjunto de un sistema de inequidad: la necesidad de construir una paz estable y duradera, cuya base sea la garantía de justicia social para todos y todas; la democracia y participación política que permita a los colombianos y las colombianas ejercer su papel como constituyente primario, en la toma de decisiones, pero fundamentalmente en la construcción de las mismas; y en tercer lugar, la reivindicación de lo público, como un proceso de construcción colectivo de lo común, en que el sentido de pertenencia y el beneficio para la sociedad se construye entre todos y todas.

M.P

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