Nuestra América, José Martí

Nuestra América
José Martí
Publicado en: La Revista Ilustrada de Nueva York, 10 de enero de 1891.
El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891.
latinoamericavive
Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con
tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó
la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno
el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete
leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la
pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos
engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de
despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo en
la cabeza, sino con las armas en la almohada, como los varones de
Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras.
Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.
No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica,
flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del
juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se
conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a
pelear juntos. Los que enseñan los puños, como hermanos celosos,
que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le
tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean
una, las dos manos. Los que, al amparo de una tradición criminal,
cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas,
la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de
sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones,
devuélvanle sus tierras al hermano. Las deudas del honor no las
cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada. Ya no podemos
ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada
de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de
la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han
de poner en fila para que no pase el gigante de las siete legua!
Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en
cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes.
A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe
en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor
a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil
el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de
Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay
que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el
hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños,
vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes. ¡Estos
hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea
carpintero! ¡Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque
llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan,
¡bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de
las enfermedades! Pues, ¿quién es el hombre? ¿el que se queda con
la madre, a curarle la enfermedad, o el que la pone a trabajar
donde no la vean, y vive de su sustento en las tierras podridas
con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo cargó,
paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de
papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus
indios, y va de menos a más; estos desertores que piden fusil en
los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus
indios, y va de más a menos! ¿Estos delicados, que son hombres y
no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les
hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los
ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra
propia? ¡Estos «increíbles» del honor, que lo arrastran por el
suelo extranjero, como los increíbles de la Revolución francesa,
danzando y relamiéndose, arrastraban las erres!
Ni ¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en
nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las
masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el cirial,
sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De
factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se
han creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree el soberbio
que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la
pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e
irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas
nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando
jacas de Persia y derramando champaña. La incapacidad no está en
el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza
útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de
composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro
siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve
siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se
le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyès
no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es,
allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el
buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el
alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho
su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por
métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado
apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos
de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo
que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno
ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del
país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia
del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos
naturales del país.
Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el
hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados
artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico.
No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la
falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y
acata y premia la inteligencia superior, mientras esta no se vale
de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que
es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por
la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le
perjudica el interés. Por esta conformidad con los elementos
naturales desdeñados han subido los tiranos de América al poder; y
han caído en cuanto les hicieron traición. Las repúblicas han
purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos
verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y
gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir
creador.
En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos
gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su
mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno. La
masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la
inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno
le lastima, se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de
las universidades los gobernantes, si no hay universidad en
América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que
es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de
América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras
yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen.
En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los
que desconocen los rudimentos de la política. El premio de los
certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor
estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico,
en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio
de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni
ambages; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una
parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que
crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella.
Resolver el problema después de conocer sus elementos, es más
fácil que resolver el problema sin conocerlos. Viene el hombre
natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de
los libros, porque no se administra en acuerdos con las
necesidades patentes del país. Conocer es resolver.Conocer el
país, y gobernarlo conforme al conocimiento es el único modo de
librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la
universidad americana. La historia de América, de los incas acá,
ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes
de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es
nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de
reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras
repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras
repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que
pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas
repúblicas americanas.
Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de
indio y criollo, venimos, denodados, al mundo de las naciones. Con
el estandarte de la Virgen salimos a la conquista de la libertad.
Un cura, unos cuantos tenientes y una mujer alzan en México la
república, en hombros de los indios. Un canónigo español, a la
sombra de su capa, instruye la libertad francesa a unos cuantos
bachilleres magníficos, que ponen de jefe de Centro América contra
España al general de España. Con los hábitos monárquicos, y el Sol
por pecho, se echaron a levantar pueblos los venezolanos por el
Norte y los argentinos por el Sur. Cuando los dos héroes chocaron,
y el continente iba a temblar, uno, que no fue el menos grande,
volvió riendas. Y como el heroísmo en la paz es más escaso, porque
es menos glorioso que el de la guerra; como al hombre le es más
fácil morir con honra que pensar con orden; como gobernar con los
sentimientos exaltados y unánimes es más hacedero que dirigir,
después de la pelea, los pensamientos diversos, arrogantes,
exóticos o ambiciosos; como los poderes arrollados en la
arremetida épica zapaban, con la cautela felina de la especie y el
peso de lo real, el edificio que habían izado, en las comarcas
burdas y singulares de nuestra América mestiza, en los pueblos de
pierna desnuda y casaca de París, la bandera de los pueblos
nutridos de savia gobernante en la práctica continua de la razón y
de la libertad; como la constitución jerárquica de las colonias
resistía la organización democrática de la República, o las
capitales de corbatín dejaban en el zaguán al campo de bota y
potro, o los redentores bibliógenos no entendieron que la
revolución que triunfó con el alma de la tierra había de gobernar,
y no contra ella ni sin ella, entró a padecer América, y padece,
de la fatiga de acomodación entre los elementos discordantes y
hostiles que heredó de un colonizador despótico y avieso, y las
ideas y formas importadas que han venido retardando, por su falta
de realidad local, el gobierno lógico. El continente descoyuntado
durante tres siglos por un mando que negaba el derecho del hombre
al ejercicio de su razón, entró, desatendiendo o desoyendo a los
ignorantes que lo habían ayudado a redimirse, en un gobierno que
tenía por base la razón; la razón de todos en las cosas de todos,
y no la razón universitaria de unos sobre la razón campestre de
otros. El problema de la independencia no era el cambio de formas,
sino el cambio de espíritu.
Con los oprimidos había que hacer una causa común, para afianzar
el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los
opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al
lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las
zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de
terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima. La
colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se
está salvando de sus grandes yerros -de la soberbia de las
ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos
desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas
ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen-, por
la virtud superior, abonada con sangre necesaria, de la república
que lucha contra la colonia. El tigre espera, detrás de cada
árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá, con las zarpas al aire,
echando llamas por los ojos.
Pero «estos países se salvarán», como anunció Rivadavia el
argentino, el que pecó de finura en tiempos crudos; al machete no
le va vaina de seda, ni el país que se ganó con lanzón se puede
echar el lanzón atrás, porque se enoja y se pone en la puerta del
Congreso de Iturbide «a que le hagan emperador al rubio». Estos
países se salvarán porque, con el genio de la moderación que
parece imperar, por la armonía serena de la Naturaleza, en el
continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que
ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que
se empapó la generación anterior, le está naciendo a América, en
estos tiempos reales, el hombre real.
Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre
y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de
Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y
la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor,
y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar a sus hijos.
El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón,
solo y desconocido, entre la olas y las fieras. El campesino, el
creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad
desdeñosa, contra su criatura. Éramos charreteras y togas, en
países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la
vincha en la cabeza. El genio hubiera estado en hermanar, con la
caridad del corazón y con el atrevimiento de los fundadores, la
vincha y la toga; en desestancar al indio; en ir haciendo lado al
negro suficiente; en ajustar la libertad al cuerpo de los que se
alzaron y vencieron por ella. Nos quedó el oidor, y el general, y
el letrado, y el prebendado. La juventud angélica, como de los
brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria estéril,
la cabeza, coronada de nubes. El pueblo natural, con el empuje del
instinto, arrollaba, ciego de triunfo, los bastones de oro. Ni el
libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma
hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada año a
menos. Cansados del odio inútil de la resistencia del libro contra
la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el
campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre
la nación natural, tempestuosa e inerte, se empieza, como sin
saberlo, a probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se
saludan. «¿Cómo somos?» se preguntan; y unos a otros se van
diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a
buscar la solución a Dantzig. Las levitas son todavía de Francia,
pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de
América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y
la levantan con la levadura del sudor. Entienden que se imita
demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra
de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio,
¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un
país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas
absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en
formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser
sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y
adelanta con todos, muere la república. El tigre de adentro se
echa por al hendija, y el tigre de afuera. El general sujeta en la
marcha la caballería al paso de los infantes. O si deja a la zaga
a los infantes, le envuelve el enemigo la caballería. Estrategia
es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la
crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente.
¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos! ¡Con el
fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo
y rebotando, por las venas, la sangre natural del país! En pie,
con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo
a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas
naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar,
pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad en sus
orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos
traen los caracteres nativos a la escena. Las academias discuten
temas viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga
del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y
cernida, va cargada de idea. Los gobernadores, en las repúblicas
de indios, aprenden indio.
De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas
repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del
equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y
sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba
en un coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a una
pompa de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al
hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con
el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter
viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la
soldadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso,
nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de
orígenes, métodos e intereses entre los dos factores
continentales, y es la hora próxima en que se le acerque,
demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que
la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han
hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman,
a los pueblos viriles; como la hora del desenfreno y la ambición,
de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de su
sangre, la América del Norte, o en que pudieran lanzarla sus masas
vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y el interés de
un caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del más
espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y
discreta, con que se la pudiera encara y desviarla; como su decoro
de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos
del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación
pueril o la arrogancia ostentosa o la discordia parricida de
nuestra América, el deber urgente de nuestra América es enseñarse
como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado
sofocante, manchada sólo con sangre de abono que arranca a las
manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron
picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no
la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque
el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la
conozca pronto, para que no la desdeñe. Por el respeto, luego que
la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo
mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar
ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor.
Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para
quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a
tiempo la verdad.
No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos,
los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de
librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en
vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor
victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del
hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en
forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y
propague la oposición y el odio de las razas. Pero en el amasijo
de los pueblos se condensan, en la cercanía de otros pueblos
diversos, caracteres peculiares y activos, de ideas y de hábitos,
de ensanche y adquisición, de vanidad y de avaricia, que del
estado latente de preocupaciones nacionales pudieran, en un
período de desorden interno o de precipitación del carácter
acumulado del país, trocarse en amenaza grave para las tierras
vecinas, aisladas y débiles, que el país fuerte declara
perecederas e inferiores. Pensar es servir. Ni ha de suponerse,
por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo
rubio del continente, porque no habla nuestro idioma, ni ve la
casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras
políticas, que son diferentes de las nuestras; ni tiene en mucho a
los hombres biliosos y trigueños, ni mira caritativo, desde su
eminencia aún mal segura, a los que, con menos favor de la
Historia, suben a tramos heroicos la vía de las repúblicas; ni se
han de esconder los datos patentes del problema que puede
resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y
la unión tácita y urgente del alma continental. ¡Porque ya suena
el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el
camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora;
del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el
Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las
islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!

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